Friday, March 24, 2017

Dos cansinos quiltros
dormitan sobre el andén,
y sobre el terminal de buses de Quinteros
el crepúsculo se manifiesta ya que
dos banderas rojas crepitan con el viento.
Desde la banca verde, veo el pueblo ensombrecerse
mientras los faroles se prenden,
labrando un patrón de luz
y contornos confusos de casas sobre el cerro oscuro.

¿Quien podría saber,
bajo las luces de neón
que penden sobre el techo de ojalata 
que nos alberga a mi,
y a los perros, y a escasos pasajeros
que cruzan y desaparecen 
tras una panderetea,
qué pienso en este momento?

El mar, lo sé, se agita tras
los galpones al otro lado de la avenida
Hay partido, y todos,
 como en todo pueblo,
donde todos hacen lo mismo,
se guardan para ver el a la roja.

El silencio es testigo
de la soledad de los dos perros,
el silencio empuja rápido a los pasajeros 
para irse de esta terminal.
el silencio que Santiago ha olvidado
hace ya años; 
cuando, en un pueblo, 
bajan las protecciones de los negocios, 
se cierran las puertas, las ventanas y se corren las cortinas,
baja la noche
y se ve al viento jugando con las matas de hierba
que crecen entre las grietas de las aceras,
o haciendo levitar una bolsa.

Se escucha el tiempo,
porque uno se ha quedado sólo,
uno es un extraño,
y las calles son inútiles 
ya que no llegan a casa.
En ese compás de espera 
que es esperar un bus,
sin nadie con quien hablar,
más que la gravilla del estacionamiento,

En ese momento,
¿quién podría saber,
que pienso en una,
que puede ser cualquiera 
para todo el resto,
pero que es ella,
y eso es todo lo que me importa?