Thursday, August 17, 2017

Figura Legal

Cristo, empujado por un loco, cayó (junto con este) a las vías del metro, muriendo instantáneamente. Se planteó un problema: ¿Cuál era la figura del hecho? Una era que el padre, omnipresente y omnipotente, era el autor. Sin embargo, siendo el padre también el hijo, y viceversa (el hijo estando por ende al tanto), se constituía un suicidio. Un jurista dictaminó un suicidio parricida; otro un auto asesinato (no siendo lo mismo, alegaban respectivamente, que un suicidio o un homicidio), los dos tratando de conciliar ambos aspectos. Ni siquiera el juez a cargo dictó sentencia alguna, y  refirió el caso a la suprema, ya que la ley no contemplaba la pluralidad de sujetos en una única persona natural, ni sujetos de la naturaleza del padre y del hijo... Hasta hoy, el caso se discute en las facultades de derecho, y el vaticano ha derramado tinta para demostrar lo inescrutable del uno y trino, alegando, como la policía, el albedrío del loco y por ende su responsabilidad. Las izquierdas más militantes dicen que es inconsecuente con la omnipresencia y omnipotencia divina el desconocer incluso un desvarío de un hombre, y que por lo tanto, si el tal Cristo era uno con su Padre, sabía que lo iban a empujar, ergo lo que se tenía entre manos era un suicidio, o, siendo realistas, el tal Cristo estaba tan loco como su asesino - el delirio místico es síntoma de una mente perturbada ya sea por una condición psiquiátrica permanente o por una pasajera - y el caso era asesinato, su tesis final. La derecha conservadora alegó que la fe llevaba a la infalibilidad de Dios, y por ende su hijo había muerto "en sacrificio" por los hombres, y alegaban, como lo haría Borges, que el medio era indiferente. A este argumento,  los historiadores y los sobre todo los intelectuales arguían que la primera vez, sobre la cruz, se podía condescender a tal interpretación del acto de dejarse aprehender, juzgar, torturar y ejecutar, pero que lo burdo del segundo no permitía más que interpretar un lapsus en la mente divina, o un suicidio: un acto de la divinidad debía contener un simbolismo que y un ritual que le confiriera un sentido, cosa que no había en el caso presente.

Con los años, el dilema fue olvidado en la política y para el común de la gente, sobre todo después de llegada al poder una dictadura evangélica fundamentalista que quemó todos los registros, libros, entrevistas, ensayos, etc., del hecho y promulgó un decreto prohibiendo mencionar, discutir, rememorar o interpretarlo. Lo que sustentaba tal decreto, aparte del uso monopólico de la fuerza, era el que ese hecho había sido una prueba a la fe de los hombres, como los huesos de dinosaurio lo eran. Ergo, el dejarse llevar por la razón, como los juristas, o por la evidencia empírica, como la policía, era igualmente pecaminoso y debía purgarse del reino del señor. Como siempre, arguían que la voluntad de Dios era inescrutable, pero ellos (sin decirlo y quizás sin cuestionárselo), se atribuían dicho conocimiento, ya que decían que toda la tinta vertida era contraria a la voluntad de la aludida divinidad - uno puede concluir que Dios no quiere que lo cuestionen ni razonen sobre él. 

Debo el volver a recuperar esta polémica el haber trabajado en la cárcel - fui contratado un año después de caída la dictadura, ya que las nuevas autoridades comenzaron a encontrar rayados, pedazos de papel y manuscritos que referían a este hecho (hay que pensar que la cárcel funcionó para detener a los contrarios al régimen durante casi 40 años). Es verdad que esos cuarenta años albergaron a muchos hombres capaces de escribir, como toda disidencia política e intelectual. El trabajo era arduo - había toda clase de rayados, marcas, símbolos: las cárceles era el lugar donde se depositaban todos los infractores de la ley escrita o no escrita (como en todo régimen de corte fundamentalista, la ley no se aplica acorde a derecho necesariamente, y las cárceles estaban pobladas de reos comunes, estafadores, homosexuales, minorías indeseables, intelectuales, ateos, etc, etc, etc.), pero dí finalmente con varios documentos escondidos que referían a este caso acaecido hacia ya tantos años y que, a pesar de toda la represión y censura (gracias a ella también) sobrevivía latente en el tejido de la sociedad Chilena.  De todos ellos, el que más me llamó la atención, y del que extraigo una parte, es el que me ha servido para hacer este resumen. A continuación, trascribo el final del mismo:    

"Hoy, el día en que se ejecuta mi condena a muerte por blasfemar del señor al sostener que el amor divino no puede variar del humano ya que, siendo el hombre semejanza de Dios, este debe también ser semejanza del hombre, y que si el amor humano es específico y no puede ser general (amo a mi mujer o a mis amigos, no a la amistad o a todas las mujeres sin discriminación), el amor Divino tampoco lo puede hacer, ya que contradice la definición misma del amor, que es querer algo por encima del resto de las cosas que juntas forman su especie (no puedo amar a todos los hijos, sino a mis hijos; no puedo amar en general - como dice el zorro en el principito: "me amarás porque soy tu zorro, y eso me hace distinto a todos los demás" o algo así. Amar a todas es no amar a nadie, ya que el amor se concreta en individuos concretos, y en la convivencia concreta que genera vínculos, lazos, costumbres, con lo amado, no con los seres de la misma especie o genero en general - no hay amor impersonal, a lo más compasión, comprensión, actos de menudas solidaridades y cortesías hacia los que, siguiendo con nuestra cita, son sólo zorros, no mi zorro). La semejanza entre Dios y el Hombre obviamente implica que no son iguales: el hombre es finito, efímero, concreto, perspectivo; Dios es eterno, ubicuo, omnisciente, omnipresente. Pero esto no quita que el correcto pensar el amor implica que el objeto del amor debe destacarse de entre otros objetos. Por esta razón, siendo un hombre de fe sentenciado a morir por un gobierno que supuestamente defiende la fe,  me permito dejar este pequeño manuscrito escondido dentro de la barra metálica que es una de las patas de mi cama (quisiera que alguien lo encontrará y lo escondiera hasta que terminen estos años nefastos, aunque me seduce más la idea de que el manuscrito sobreviva sin ser detectado, siendo que el régimen me silencia - una victoria del todo real sobre ellos que despliegan vigilancia y policías y vecinos espiándose unos a otros, ya que este manuscrito estaría ahí, invisible a pesar de todo el ahínco con que derraman sangre para que no sea así) con mi última blasfemia: Dios es impensable, incomprensible, inimaginable: como una contradicción lógica, permite deducir cualquier cosa, y por eso es el arma favorita de los fanáticos que quieren aplastar al mundo bello con la áspera cárcel de la moral religiosa y el pensamiento tautológico que, como sabe cualquiera que haya estudiado lógica, no se condice con la naturaleza de la realidad, que es contingente. Platón pensó el gobierno totalitario, Stalin lo hizo realidad, y los fundamentalistas religiosos lo galvanizaron con el aura de santidad. La esencia del fanatismo es el odio al mundo que es contingente y lleno de los desvaríos de la libertad, la belleza, la moderación, la lujuria, y todo el catálogo de actos humanos que juntos hacen que el hombre sea hombre y pueda ser amado u odiado (no se puede amar a un robot o a una estatua, que están desprovistos de vida: el amor a un grupo de hombres implica una dignidad de dichos seres humanos - su libertad y albedrío, su historia, sus errores, sus aciertos, sus desvarios y aventuranzas). Este odio es un pecado contra la divinidad, ya que es renegar de su creación tal y como la quiso - libre para perderse o salvarse. Tranquilo, en él encomiendo mi espíritu".