Tuesday, January 5, 2016

Sobre la Naturaleza del Apego

En la época del censo del '82, estaba en el Norte, en la localidad de ....trabajando para la municipalidad de .... como trabajadora social. Llegó a mi una compañera con un caso que le habían asignado. La historia era la siguiente:

Se estaba censando la población que vivía en el altiplano. La operación era difícil, por la geografía, el calor y las distancias. Además, se temía (como era común en esos años) la posible presencia de escondites subversivos. Uno de los encuestadores debía ir a una zona más remota, de la que no se tenía certeza de la existencia o no de habitantes. Las autoridades militares, con la meticulosidad que es característica del espíritu castrense, quería peinar esa zona y aprovechar de hacer un "censo como se debe": por ende, fue acompañado por un contingente de Carabineros. Eventualmente, se encontraron, entre los cerros áridos y los arbustos resecos, un caserío, donde vivía un grupo de gente, entre los que se encontraban una anciana que vivía con un niño, al parecer su nieto, que era el único menor. La comunicación era difícil, porque esta gente había, al parecer, estado aislada durante generaciones. No hablaban castellano ni quechua, sino un dialecto que había adoptado y deformado formas de ambas lenguas.

Luego de supervisar el censo de las viviendas, los funcionarios de carabineros, de  vuelta en su comisaría, relataron el caso a su superior, quien dio aviso de la situación del niño al juzgado competente. Dado que esta gente estaba en Chile, se debía salvaguardar el derecho del niño a recibir una educación (1). Se hizo el oficio y todos los trámites, y, cuento corto, luego de visitas de trabajadoras sociales (2), el niño fue sacado por carabineros, y enviado, ante la pasividad de la abuela y los vecinos, a una escuela.

Hosco como los indígenas en general, y fuera de su elemento, sin entender el idioma, y visiblemente contrariado por la generosidad del estado Chileno, el niño era solitario, triste y reservado. No hizo mucho progreso en el aprendizaje del castellano, lo que hacía más difícil su integración, y lo hacía también  objeto de las burlas y malos tratos de sus compañeros, muchos de ellos provenientes de familias extremadamente pobres y acostumbrados a la riña, el alcohol y el maltrato, y que, como es común entre esas poblaciones, y en esa época en Chile, no eran tolerantes a con lo diferente. 

La escuela era donde se llevaba a los niños que vivían en lugares remotos, o que venían de familias en riesgo social. Debían pernoctar de lunes a viernes por las misma razón (la distancia o las condiciones de vida en el entorno familiar). La preocupación por los alumnos en un internado es relativa: se centra más en el cumplimiento de la disciplina y las reglas que en sus emociones o sus necesidades psicológicas. En esa época, a diferencia de estos tiempos, esto último era algo totalmente fuera de las consideraciones de crianza o de educación, fuese en la casa o en la escuela: se vivía, en todo orden de cosas, bajo la égida del proverbio "la letra, con sangre entra". Un signo de los tiempos, cualquier conducta anómala era reprendida con severidad. En este caso, se empezó a observar que de noche, sobre todo en el invierno, el niño, de forma cada vez más obsesa, y a pesar de todas las reprimendas y castigos, abandonaba de noche su cama y furtivamente se escabullía al baño común, donde se lo encontró varias veces durmiendo abrazado a un retrete (wáter como le dicen en Chile). Separarlo de él era a fuerza de tirones y llanto y forcejeo. El internado, huelga decir, no era precisamente opulento, y las instalaciones estaban en condiciones bastante precarias: hacía frío de noche, sobre todo en la noche del norte grande, que es gélida, y que se sigue de días bastante calurosos. Los baños tampoco eran muy higiénicos, y un leve olor a orina y excremento flotaba en el aire, y se concentraba en los retretes. Al no resultar ni la razón ni la fuerza, se le encargó el caso a mi compañera, quien, sin saber qué hacer, recurrió a mí.

Soy antropóloga de formación a pesar de trabajar en aquellos años para como asistente social. (Hacía también hacía trabajos ocasionales de contacto con la población indígena, buscando determinar necesidades, y con el encargo secreto de detectar "elementos subversivos" entre ellos - huelga decir que, en la lucha contra el enemigo que se cernía en connivencia con los soviets sobre la libertad, nunca detecté tal elemento: creo que este motivo, junto con el encuentro de ciertos restos un par de años después sobre los que reporte no eran - como todos querían suponer - restos antiguos sino recientes, llevó a que el alcalde, un militar, prescindiera de mis servicios). No había psicólogos o psiquiatras a quien recurrir en la zona, y, a comienzo de los  ochenta, las personas con educación universitaria y título no abundaban. A pesar que el régimen tenía desconfianza de la gente educada (las universidades eran caldo de cultivo del cáncer marxista-leninista), la gente (y los militares también) nos tenía un cierto extraño respeto porque por nosotros porque "sabíamos más cosas" - cosa que también les inspiraba desconfianza. En fin, en mi calidad de antropóloga, las autoridades involucradas asintieron en delegarme el caso cuando mi colega me recomendó. 

Solicité que me llevaran al lugar donde vivía el niño, ya que quizás la conducta del niño no era patológica, sino adquirida por  crianza: mal que mal, esa gente había estado perdida del mundo por una cantidad desconocida de años, y vaya a saber uno qué costumbres regían su convivencia. 

El niño vivía con su abuela, así que solicité me dirigí a la casa donde habitaba. La abuela resultó ser una Chola. Habiendo hecho trabajo de campo en el norte y en el sur a fines de los '60, desarrollé una forma de pasar desapercibida para poder escrutar las formas de vida y costumbres indígenas - siendo desconfiados y hoscos, la consciencia de nuestra presencia los hacía ocultar sus hábitos, ya que se sentían juzgados, y nos venían con la desconfianza que se ve al intruso. Mi arte me había abierto ese mundo porque, mi capacidad hacía que, finalmente, olvidaran mi presencia. Había visto y compartido con Cholas antes, había pernoctado con esa gente, las había observado detenidamente desde lugares discretos, como lo había hecho también entre poblaciones Mapuches. No estilan cambiarse de ropa, y van acumulando un faldón encima del otro. Como les llegan hasta los tobillos, los aprovechan para orinar y defecar en cualquier parte: basta con levantarlos un poco, agacharse, y aliviarse sin revelar sus partes púdicas. A esto, que en todo caso, es de común conocimiento, se debe  Agregar el hecho que vivían en el desierto, aislados, en un lugar donde no abundaba el agua: el aseo, por ende, tampoco estaba entre sus costumbres más arraigadas. Finalmente, las cholas tienen por costumbre, en la fría noche altiplánica, cobijar a los niños bajo sus faldas para protegerlos del frío: el niño, en las noches de su tierna infancia, dormía bajo el faldón de su abuela. 

La conclusión era fácil: una vez separado del lugar donde había crecido, y de la única gente que conocía, en un lugar desconocido, donde era extranjero, donde a duras penas se comunicaba, y donde se sentía perdido, sólo y maltratado, el olor del retrete era el único puente a casa, al afecto y la calidez del hogar. Aferrado a su retrete, el niño luchaba por no languidecer.

No sé que fue del niño. Supe que la abuela murió al poco tiempo, y, carente de otra familia, fue remitido a los cuidados del servicio nacional de menores.     


Notas: (1) Cosa rara en esa época: el régimen en el poder no tenía en gran aprecio los derechos de las personas, excepto el derecho al trabajo y a comprar - si se tenía los medios, obviamente. 

(2) Otra rareza de la época, ya que la comprensión de estas minorías étnicas, y un "charter" de derechos de las mismas, no fueron gran preocupación del estado hasta bien entrada la vuelta a la democracia: hubiera sido más fácil para todos, y en primer lugar, para el niño, que lo dejaran en su mundo de arbustos y llamas y silencio. 






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